jueves, 8 de abril de 2021

Las víctimas invisibles de la Violencia de Género (parte 5)

 Impacto de la victimización según las diferentes etapas evolutivas

Finkelhor3, basándose en la victimología evolutiva, diferencia la respuesta a la victimización en función de las diferentes etapas evolutivas del desarrollo infantil.

El grado de expresión y verbalización de los pensamientos y emociones depende en los niños de la etapa de su desarrollo, de las características de su personalidad y de la relación familiar y social.

Ya en el embarazo, la madre puede sufrir malos tratos físicos o psicológicos, pudiendo marcar, a veces, el momento en el que se recrudezca la violencia ejercida sobre ella por su pareja. Las consecuencias que de ello se pueden derivar son: parto prematuro, bajo peso al nacer, mortalidad perinatal, menor seguimiento del embarazo, mayor grado de interrupciones no voluntarias del mismo y menor participación y preparación para el parto, además de un incremento en el consumo de alcohol y ansiolíticos por la madre.

Durante la primera infancia, los niños que experimentan malos tratos pueden crecer con una falta o una desorganización en el apego, pudiendo presentar trastornos de relación con sus iguales, conductas de retraimiento y retrasos cognitivos. En sus primeros dos años de vida, los menores perciben el miedo y la ansiedad de sus madres y, como pueden ser ignoradas sus necesidades, esto les conduce a situaciones de desconfianza y de abandono emocional. Desde los dos a los cinco años, los menores observan la realidad sin comprenderla, a los que se añade la dificultad para diferenciar la fantasía de la realidad, pudiendo llegar a creer que son ellos la razón del conflicto, instalándose en ellos sentimientos de culpa, inutilidad y ansiedad. La sintomatología principal en esta etapa comprende: miedo, sentimiento de desamparo e impotencia, creencia de que pueden morir durante las agresiones, ansiedad, inseguridad, dudas, expectación, actitudes de negación y de regresión, tristeza y aislamiento.

En la infancia media, los problemas afectan, fundamentalmente, a su desarrollo socio-emocional. Las dificultades de comprensión y asimilación de los problemas se expresan a través de sintomatología de ansiedad, depresión y cognición (fantasías). A medida que el niño crece y aumenta su capacidad para comprender y asimilar la realidad, se pueden presentar alianzas con uno de los progenitores, culpabilizando al otro, lo que sienta las bases de la identificación de roles.

En la etapa preadolescente, los sentimientos de frustración y desamparo se pueden traducir en comportamientos violentos o antisociales y mala conducta escolar. Algunos son provocadores y agresivos para adquirir sensación de poder, otros son evitadores de relaciones, según se identifiquen con el agresor o con la víctima. En ocasiones pueden adoptar posiciones prematuramente adultas de protección a sus madres y hermanos.

En la adolescencia, se alcanza el desarrollo intelectual, pero es asimétrico, dado que la mayor capacidad de análisis y evaluación no va paralela a los conocimientos y experiencias que presenta el sujeto adulto, por lo que se pueden idear soluciones utópicas, presentar salidas en falso, etc. Además, es una época en la que se abordan temáticas propias del ámbito de la personalidad, como es la identidad personal, rol sexual, competencia personal, planteamiento de futuro, intereses, valores, conducta, etc., por lo que la vivencia del maltrato a su madre puede suponer un punto importante de desequilibrio en su desarrollo integral. Los síntomas más frecuentes durante esta etapa están relacionados con actitudes de responsabilidad excesiva en el hogar, pueden adquirir un papel de protector activo, pudiendo interponerse entre la madre y su agresor, pudiendo llegar a recibir los mismos golpes, e incluso llegando, ellos mismos, a agredir a sus propios padres. También se presentan bajos niveles de autoestima, altos niveles de ansiedad y depresión y problemas académicos. También pueden adoptar cambios radicales en sus estilos de vida o evadirse mediante el sexo o la delincuencia. Ocasionalmente se produce embotamiento emocional, frialdad e indiferencia.

Así, de una forma general, basándonos en la Victimología Evolutiva, se puede afirmar que los efectos de ser testigo de violencia son los característicos de la Psicopatología del Desarrollo, siendo propensas las víctimas a presentar problemas en su desarrollo evolutivo, emocional, cognitivo y social, que les impiden su bienestar y un progreso personal adecuado.

 

Transmisión generacional de la violencia: la violencia familiar como modelo de aprendizaje

Existen otros efectos, más a largo plazo, que se pueden asociar a la exposición de los niños a situaciones de violencia familiar. El más importante es que este tipo de situaciones constituye un modelo de aprendizaje de conductas violentas dentro del hogar, algo que junto a factores tales como los estilos de crianza punitivos, el abuso de sustancias y la presencia de trastornos de conducta en la adolescencia han demostrado poseer un papel relevante en el riesgo de ejercer violencia contra la pareja en la edad adulta3. Ehrensaflt, Cohen, Brown, Smailes, Chen y Jonson3 realizaron un estudio longitudinal sobre un período de 20 años en una muestra de 543 niños, concluyendo que entre los factores predictores del riesgo de ejercer violencia contra sus parejas se encontraban, en primer lugar, los trastornos de conducta, seguidos por la exposición a la violencia doméstica entre los padres y los sistemas de castigo basados en el poder.

La vivencia por parte de los niños de situaciones de violencia y abuso de poder cobra un significado crucial, puesto que las experiencias vividas en la infancia constituyen un factor de vital importancia para el posterior desarrollo y adaptación de la persona a su entorno. Los niños aprenden a definirse a sí mismos, a entender el mundo y cómo relacionarse con él a partir de lo que observan en su entorno más próximo. De este modo, la familia es considerada como el primer agente socializador del niño y el más determinante a la hora de la instauración de modelos apropiados de funcionamiento social. Las relaciones familiares, especialmente los estilos de crianza y la relación entre los padres, influyen sobre la capacidad del niño para la autorregularización de sus conductas y emociones, y sobre el significado que atribuirá a las relaciones interpersonales3.

Los niños que han experimentado alguna forma de rechazo parental o maltrato tienden a presentar sesgos atribucionales hostiles y aprenden a anticipar y a evitar las conductas de rechazo, generalizando esta anticipación a contextos interpersonales. Distintos estudios han constatado la alta probabilidad de que estos niños presenten déficits en el procesamiento de la información social3.

Por otra parte, los estilos parentales excesivamente punitivos o coercitivos pueden servir de modelo para la resolución coercitiva de los conflictos, que se generalizan desde las relaciones padres-hijos a las relaciones con los otros, facilitando el desarrollo de déficits en el funcionamiento interpersonal3. Estos primeros patrones de funcionamiento social, aprendidos y reforzados dentro de la familia, se aplican después a las interacciones con los iguales. De esta forma, los niños que exhiben estrategias interpersonales agresivas e inconsistentes con aquellas del grupo de iguales normativo tienen una alta probabilidad de no ser aceptados entre sus compañeros, con el consiguiente riesgo de aislamiento o de gravitar hacia grupos de iguales desviados o agresivos3. La pertenencia a estos grupos desviados en la adolescencia, junto con el reforzamiento parental continuado de estrategias interpersonales coercitivas o violentas, puede llegar a ser un importante obstáculo que limite las oportunidades de aprender a relacionarse con los otros de manera constructiva3.

Con la repetición, esos patrones de interacción y de resolución coercitiva de los conflictos se generalizan y se aplicarán, posteriormente, a las relaciones familiares y de pareja en la edad adulta3. A ello contribuye, por otro lado, las percepciones del carácter privado y relativamente impune del entorno familiar y la influencia de los estereotipos y creencias tradicionales acerca del uso y reparto del poder dentro de la familia.

La supervivencia intergeneracional de la violencia, y concretamente de la violencia de género, está determinada en gran medida por la influencia de factores de tipo cultural y educacional. Entre ellos, cobran especial relevancia los sistemas de valores que atribuyen una superioridad innata en los hombres respecto a las mujeres y la aceptación de la violencia como un medio válido para la resolución de conflictos. Tales sistemas de valores juegan un papel fundamental en el potencial de conductas sexistas y/o violentas en nuestros menores3.

Los hijos de mujeres maltratadas se ven expuestos no sólo a la influencia de factores de su entorno sociocultural, sino también a la propia experiencia de sufrir, bien como testigos o como víctimas, la violencia dentro de su entrono familiar. Así, los niños que crecen en hogares violentos aprenden e interiorizan una serie de creencias y valores violentos negativos sobre las relaciones familiares y sobre la legitimidad del uso de la violencia como método válido para la resolución de conflictos3.

 


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