martes, 9 de febrero de 2021

Testimonio #2

 Otra de las  mujeres del grupo, Bibi -nombre ficticio por petición suya-, solamente se dio cuenta de la situación que padeció durante dos décadas “tomando distancias de él y del entorno en el que vivíamos”. Arquitecta técnica de 57 años y madre de tres hijos ya veinteañeros, Bibi llegó a la conclusión de que la relación en la que se había sentido manipulada, controlada, agredida, ignorada, y de la que había conseguido salir unos años antes, había sido de maltrato.

“Cuando estaba con él no era consciente de que estaba recibiendo agresiones psicológicas”, explica ante un refresco en un bar ruidoso del Raval de Barcelona. Ahora Bibi se está recuperando de una operación de cáncer de mama y vive en casa de su hermana. “Yo tenía la idea de que solo había maltrato si había agresión física”, dice.

En realidad la primera vez que Bibi vio su historia asociada a la violencia machista fue cuando, poco después de separarse de su ex, acudió a la policía a denunciar que él había cambiado la cerradura del despacho de arquitectura que los dos compartían y no podía entrar. Entonces los agentes la derivaron al juzgado de violencia sobre la mujer.

La violencia machista o de género puede afectar a las mujeres sin distinción del nivel de ingresos económicos o de educación y sacude la dignidad por igual, con independencia del origen social o el barrio de residencia. Igualmente, puede ser protagonizada por cualquier hombre. No hay estereotipos. Según la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género esta es “una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”.

Cuando Bibi entendió a donde la estaban dirigiendo tras su denuncia, se asustó. “Pensé que no era para tanto, que era un tema muy penalizado a nivel social y que no me gustaba que mis hijos tuvieran un padre vinculado con la violencia machista. Y pensé que incluso para mí podía suponer una vergüenza ante la gente: me hacía sentir muy débil, como una pobre desgraciada, una mujer sin carácter. Entonces pedí retirar la denuncia”.


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